Primera Plana
Histórico


Diez tesis sobre el golpe militar en Honduras

| Sábado 11 de Julio, 2009
DIEZ TESIS SOBRE EL GOLPE MILITAR EN HONDURAS 
Rogelio Cedeño Castro
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En primer lugar, el golpe de estado que le dieron un grupo de empresarios y militares-empresarios al presidente hondureño Manuel Zelaya, hace pocos días, exterioriza la concreción, en todos los componentes de su materialización y despliegue, de una especie de experimento o globo de ensayo para determinar en lo sucesivo, el comportamiento político que la extrema derecha y la derecha, al parecer no tan extrema, aunque totalitarias ambas, seguirán en los países de la región. Del desenlace de esta crisis depende el curso de acción que seguirán, dando lugar o no, a nuevos golpes de estado, dentro de la modalidad de la clásica gorilada, propia de la segunda mitad del siglo anterior, o en su defecto, acudirán a otras modalidades de desestabilización de una institucionalidad democrática tan precaria, como es el caso de la existente en la región centroamericana.

En segundo lugar, la decidida y fuerte reacción de la comunidad internacional constituye un elemento con el que no contaban del todo los golpistas hondureños y sus aliados, tanto hacia el interior del establishment estadounidense como en los restantes países de la región, ya que esperaban sólo algunas protestas aisladas que se irían apagando con el paso de los días. La expulsión de Honduras del seno de la Organización de Estados Americanos (OEA), no sólo marca una vuelta al multilateralismo, sino también el rechazo absoluto de la comunidad internacional y regional a la era de los regímenes de seguridad nacional y de las peores violaciones a los derechos humanos, cuyas secuelas todavía se sienten en muchos países.

En tercer lugar, el derrocamiento y expulsión de su país, convirtió al presidente Manuel Zelaya en una figura política de primer orden, tanto hacia el interior de su país como hacia el conjunto de los países latinoamericanos. Este hecho se constituye también en uno de esos efectos inesperados que algunos actores sociales, en este caso la oligarquía hondureña, no estaban en capacidad de prever, en medio de su desesperación por mantener sus privilegios y su dominación, casi absoluta, sobre un pueblo que vive en la mayor de las miserias, casi sin derechos políticos y sociales efectivos, situación que ha llevado a más de un millón de ellos a tomar el camino de la migración, dentro de lo que constituye un exilio económico, dada la inviabilidad de su mera supervivencia en su país de origen.

En cuarto lugar, el efecto dominó que ya produjo el golpe de estado en Honduras, al desestabilizar todo el tejido político y social del istmo, produjo una absoluta incompatibilidad entre los restantes gobiernos centroamericanos y el nuevo engendro de la oligarquía y de la derecha totalitaria de la región. En los casos de Guatemala, El Salvador y Nicaragua, toda coexistencia con ese régimen resulta no sólo imposible sino también letal para los débiles avances democráticos que se habían logrado en esos países, al concluir la guerra civil centroamericana de los años setenta y ochenta, en la que por cierto fueron las naciones más involucradas en el conflicto bélico y en sus acciones más cruentas.

En quinto lugar, el golpe de estado del domingo 28 de junio deslegitimó el sistema político hondureño de una manera tan radical que buena parte de los actores sociales y políticos no han logrado darse cuenta de ello. De ahí la no tan ingenua propuesta o creencia, de una parte de los integrantes de la sociedad política hondureña, de que adelantando las elecciones generales, programadas para el mes de noviembre próximo, la crisis política podrá ser superada. En lo sucesivo habrá que tener en cuenta que cualquier proceso electoral sin la participación del gran polo de fuerzas políticas y sociales, aglutinadas en torno a la figura del liberal Manuel Zelaya, resulta no sólo ilegítimo, sino también antidemocrático y revestido de fuertes componentes totalitarios. Si lo que podríamos calificar como el zelayismo, para llamarlo de alguna manera, no participa en las elecciones de noviembre entrante, será un mero torneo entre las dos viejas opciones oligárquicas representadas por el Partido Nacional y el Partido Liberal, ambas involucradas el golpe de estado.

En sexto lugar, no debemos olvidar que la meta más importante que se propusieron alcanzar los golpistas hondureños fue la de dejar intactas las formas autoritarias y excluyentes de la dominación, con que la oligarquía ha operado, a lo largo de toda la historia republicana de una nación que nunca fue, excepto para un reducido grupo de hacendados y empresarios, acostumbrados a dotarse, de manera despótica, de una mano de obra abundante y barata. Es debido a ello que podrían, de manera eventual, si es que no les queda más remedio, aceptar el regreso de Zelaya, siempre y cuando no se hagan nuevas consultas a la ciudadanía y el viejo establishment hondureño permanezca intacto.

En séptimo lugar, el descarado manejo totalitario y tergiversador de la realidad que lleva a cabo el aparato mediático internacional, representado por la CNN en español y una cantidad de medios de incomunicación social, existentes en todos los países de la región, no sólo los desenmascaró en su odio común a la democracia, sino que también nos obliga a reflexionar acerca del grave hecho de que se han convertido en la mayor amenaza para los procesos democráticos y la justicia social en nuestro hemisferio o área continental.

En octavo lugar, el golpe de estado del 28 de junio, en Tegucigalpa no es un fenómeno hondureño, sino que va dirigido hacia la desestabilización de los regímenes políticos de todo un grupo de países latinoamericanos, tales como Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y otros, que se han salido en gran medida del control hegemónico del imperio del norte y de los viejos estilos oligárquicos de hacer política en nuestra área continental.

En noveno lugar, debemos constatar y asumir las consecuencias de que la derecha totalitaria y sus aliados vergonzantes han pasado a la ofensiva para recomponer la dominación oligárquica, a través de regímenes fascistas que vuelvan incluso a acudir al empleo de viejas prácticas represivas, tales como las representadas por los escuadrones de la muerte o el paramilitarismo. La ofensiva fascista es un asunto muy serio en la región y no puede ser ignorada por las organizaciones populares, so pena de incurrir en un auténtico suicidio.

En décimo lugar, la actitud asumida por los sectores empresariales del istmo frente al golpe militar en Honduras no sólo demuestra que su única prioridad son las ganancias, razón por las que les causó terror el cierre de las fronteras con Honduras, sino que en sus tácticas totalitarias están dispuestos a obligar a la mano de obra semiesclava de sus empresas, a marchar por las calles de Tegucigalpa o de San José de Costa Rica, en defensa de sus privilegios e intereses de clase
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