Histórico
AN1H1: lo peor está por venir
| Sábado 25 de Julio, 2009|
AN1H1: LO PEOR ESTÁ POR VENIR
José Alonso Barrantes Reyes
[email protected] La pandemia que nos ataca es tan solo el profeta de calamidades anunciando un empeoramiento en el tema de la salud mundial. Las medidas que se tomaron poco harán con lo que está por venir.
Parece un escenario lleno de pesimismo y hasta fatalista, sin embargo, no es más que una condensación de lo que ya se ha dicho hasta el agotamiento: nosotros nos provocamos este mal y estamos en la ruta correcta para atraer muchos más. ¿Por qué? Sencillo y preocupante a la vez.
Los seres humanos, con una población cada vez mayor, nos hemos encargado de abrirnos paso en terrenos inexplorados de la naturaleza en áreas como bosques vírgenes. Talamos árboles, secamos ríos, matamos animales y esperamos que todo siga como si nada. Absurdo. La consecuencia es nuestra propia exterminación.
Cada vez que el bosque cede y los animales se ven obligados a salir de su hábitat en busca de alimento, trae consigo agentes patógenos desconocidos para los anticuerpos humanos. Especies completamente nuevas que atraviesan las defensas humanas sin ningún reparo o restricción, adueñándose a discreción de un huésped nuevo que no tiene ninguna posibilidad de defenderse.
Los humanos creíamos controlar enfermedades como la viruela y estábamos haciéndonos la idea de alejarnos del Ébola, sin embargo, el A N1H1 nos pone en franca desventaja respiro a respiro, contacto a contacto.
No es otro mensaje conservacionista como los que se escuchan con frecuencia, se trata de un llamado a detener el efecto inmediato que ya experimentamos. Cuando sacudimos el árbol los frutos caen, pero también caen hojas, ramas, insectos, partículas… microorganismos. Aunque nosotros solo prestemos atención a lo que conseguimos, estamos expuestos a todo lo que hay.
Se llama zoonosis. Es lo que sucede cuando un agente que normalmente habita en huésped animal se desplaza a un ser humano al que, por su poco contacto, difícilmente atacaría en condiciones normales. Mediante este desequilibrio entre los seres vivos que luchan por sobrevivir, nos convertimos en un blanco susceptible, apropiado y disponible.
De la misma forma en la que un tiburón prefiere comer pingüinos, ante la aparición de un surfeador descuidado, el depredador podría hacer una excepción en su dieta para satisfacer el hambre. Así nos abrimos paso en un mundo abarrotado de horrorosos devoradores diminutos pero insaciables. Imperceptibles pero mortales. Nuevos y letales. Todo un mundo de nuevos seres que permanecieron ocultos y alejados hasta que los invitamos a nuestro mundo. Ahora no se irán.
Por años los humanos enfrentamos este tipo de elementos hasta el punto de reconocerlos y tratarlos con relativa efectividad. Llegan a parecer comunes y hasta inofensivas al numerarlas con aires de ignorancia: Carbunco, Fiebre amarilla, Fiebre del Nilo, Gripe aviar (SARS), Peste bubónica, etc.
Sin embargo, cada virus que “superamos” nos cuesta una cuota de la población mundial. La gripe española de 1918 cobró entre cuarenta y cincuenta millones de muertes. En la publicación de la revista Nature se exponen los resultados que indican que muchas de las personas necias en esa época y que han sobrevivido desarrollaron una inmunidad mayor al nuevo N1H1 debido a que sus cuerpos mantienen remanentes de las defensas inmunológicas creadas. Un logro de adaptación humana que ha tomado casi un siglo. La pregunta clave que se desprende de esta investigación es ¿Nos dará tiempo de adaptarnos con la misma velocidad que las nuevas amenazas nos alcanzan?
Pareciera que no es así y menos con la inconsciencia que parece contagiarnos con mayor velocidad. Recuento rápido y necesario: H5N1, Gripe aviar, 103 decesos desde finales del año 2003, millones de dólares en pérdidas por el sacrificio de aves.
Encefalopatía humana (la versión en humanos del mal de las vacas locas), descubierta en los ochenta en el Reino Unido. Tan solo en ese país ya han muerto 163 personas por la enfermedad, y se han sacrificado más de 180.000 animales.
Ahora en Turquía la fiebre hemorrágica Crimea-Congo CCFH reportó 2597 casos entre el 2002 y el 2008. 155 muertos por esta causa. Una mortalidad que va del 9% al 50% según los centros de control de enfermedades en Estados Unidos.
Una pequeña muestra de lo transitado, una ínfima parte de lo que está por venir si no cambiamos el rumbo. Lo más preocupante es la facilidad con la que estamos expuestos y la lentitud con la que actuamos.
Al hablar de agentes microscópicos entendemos que se trata de pestes que pueden viajar cómodamente en una mariposa, una pulga, el aire, el agua, bajo las uñas, tras las orejas, etc. No los vemos pero podemos comerlos, respirarlos, beberlos y todo esto sin darnos cuenta. Solo hace falta un murciélago en busca de fruta a las afueras del Zurquí, o un mono que salte a comer frutas de la canasta de un turista distraído en los canales del Tortuguero.
Ya no necesitamos ir al mundo escondido de los virus y las bacterias, ellos vendrán a nosotros cuando no tengan otro lugar hacia donde dirigirse. Creemos estar seguros en San José mientras destruimos el Golfo de Nicoya. Volamos tranquilos a New York mientras desaparece el Amazonas. Tomamos agua embotellada mientras mueren los peces en el Ganges.
Pareciera que olvidamos la lógica de que este mundo es un circular y que lo que tiramos hacia el frente nos llegará por detrás. ¿O es que nadie ha notado esto después de que falleció Cristóbal Colón?
Los que destapaban las tumbas de los faraones en Egipto creían haberse encontrado con las maldiciones de los sacerdotes, y se arrepentían de las profanaciones. El tiempo reveló que eran microorganismos y no conjuros los que mataban a los intrépidos.
La tapa de este nuevo sarcófago no tiene misticismo pero si maldiciones. El bosque tiene medicinas y vida, pero también guarda venenos y muertes. Los humanos parecen olvidar que sus conquistas visibles en pro de aprovechar los recursos del ambiente son también batallas que se pierden ante la luz del microscopio.
La naturaleza no es cruel ni benévola, es imparcial. Ve desde su trono como los depredadores y presas se enfrentan los unos a los otros. Nosotros somos la presa ahora.
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