|
ENCANTO SERRANO
(PRIMERA PARTE: JAQUE MATE AL MAESTRO DE AJEDREZ)
Walter Hernández Valle
guelo59@hotmail.com
Alta Gracia es un encantador pueblito, salpicado de coquetos "chalets", enclavado en las hermosas sierras de Córdoba, provincia mediterránea de la República Argentina.
En ese lugar residíamos, a principios de los años cincuenta, cinco muchachos costarricenses que estudiábamos en la Universidad Nacional de Córdoba.
Todas las mañanas, de lunes a sábado, nos trasladábamos a la Universidad, ubicada en el centro de la ciudad de Córdoba, en autobus y regresábamos a Alta Gracia casi al caer la noche.
Durante las vacaciones veraniegas, disfrutábamos mucho de las bellezas naturales que ofrecía el lugar, así como de la tranquilidad del pueblito y de la cordialidad de sus habitantes.
Recuerdo las alegres cabalgatas que hacíamos, en la grata compañía de varios amigos y amigas altagracienses, a Dique Chico, una hermosa playa de blancas arenas, que bordea al caudaloso Río Anizacate.
También visitábamos otro hermoso paraje, San José de la Quintana, famoso por la cría de cabritos, de deliciosa carne, que los estancieros vendían a los mercados cordobeses y de otras provincias.
Aquellos vallecitos, arroyos y serranías, eran un regalo para nuestro inquieto espíritu juvenil y un bálsamo para nuestras añoranzas...
Porque, precisamente, la nostalgia de nuestra patria lejana, de su clima, de su entorno agreste, montañoso, fue lo que nos impulsó, a aquellos cinco estudiantes costarricenses, a cambiar nuestros estudios, iniciados en la Universidad de Buenos Aires, a la de Córdoba.
Buenos Aires es una ciudad muy grande y muy bella. Parece un pedazo de Europa enclavado a la orilla del majestuso Río de La Plata. Pero su clima es muy húmedo y su paisaje totalmente monótono, ya que se asienta en la inmensa, interminable pampa. No se divisa ni un cerro y, mucho menos, una montaña, a miles de kilómetros a la redonda.
Decía Jorge Luis Borges, a quien tuve el honor de tratar años después, que el ambiente donde nacen y viven las personas, moldea su carácter y que, por eso, los "malevos" porteños eran hoscos, huraños y duros...
Córdoba, en cambio, tenía algo que nos hacía recordar a nuestro terruño. Tal vez su clima benigno y sus hermosas serranías, así como la cordialidad de sus gentes. Había magia en su ambiente y eso, podría jurarlo, nos embrujó...
Pienso, ahora, que igual sentimiento fue, seguramente, el que llevó al gran músico español, Manuel de Falla, a elegir como lugar de residencia, la quietud y belleza de Alta Gracia, cuando llegó, como exiliado, a la República Argentina, huyendo de la persecución franquista.
Allí pasó sus últimos años el gran compositor hispano y allí entregó su alma al Creador, en 1946, en una acogedora casita que los altagracienses conservan como patrimonio histórico y que los turistas, especialmente los españoles, visitan año con año, como queriendo encontrar, en los solitarios aposentos, un hálito del alma del inmortal autor de "La Vida Breve" y "El Amor Brujo"...
|