Domingo 18 de Noviembre, 2018
Histórico

Tinoco y una época vistos

Jueves 25 de Febrero, 2010
TINOCO Y UNA ÉPOCA VISTOS

(Con mirada independiente)

Prólogo de Julio Suñol al libro "Las presidencias del Castillo Azul", del historiador Jesús Manuel Fernández Morales, entregado en concurrida ceremonia efectuada en el Instituto Diplomático Manuel María Peralta.
Jesús Fernández Morales es historiador de profesión y en el camino de la vida también  hizo política decente y diplomacia no profesional pero correcta.

Ahora ha logrado algo extraordinario: convertir la que fue tesis de graduación juvenil en Historia (de la Universidad de Costa Rica), en un libro del cual se hablará bastante. Aquello sucedió hace 30 años.
La tesis presentada  versó sobre el  ascenso dictatorial y la caída estrepitosa de Federico Tinoco  y los avatares colaterales que rodearon aquel suceso. Pero la mirada no resultó lo suficientemente profunda y, el primero en reconocerlo, fue el propio autor tres décadas después.

Insatisfecho, con pasión de la buena, con irrefrenable voluntad de profundizar mucho más en aquellos complejos sucesos que conllevaron maniobras electorales, golpe de estado, traición y oportunismo de la élite política del país, el escritor resolvió retomar el asunto y este esfuerzo admirable ha dado por resultado el libro que hoy está en sus manos.

Fernández Morales decidió retroceder hasta 1913 en su fuerte voluntad de ampliar y profundizar sus primeras miradas. El fruto está a la vista.

Recordamos que Tinoco fue primero el mago político que, con la participación de Ricardo Jiménez Oreamuno, llevó al poder a Alfredo González Flores en mayo de 1914.

Don Alfredo no había sido candidato a nada, pero en razón de que para esa fecha hubo un vacío  postelectoral, se las ingeniaron para que el ilustre herediano entrara al poder por la ventana. Esto no demerita al personaje, ni autoriza a ignorar que González hizo un buen gobierno y que asimismo fue traicionado  por Tinoco, quien era su Ministro de la Guerra, como se le llamaba entonces a esa cartera.

González Flores asumió la Presidencia de Costa Rica el 8 de mayo de 1914. Tinoco le dio el golpe de Estado el 27 de enero de 1917. Y en 1919 fue depuesto por el pueblo con el mismo entusiasmo y adhesión que le habían mostrado quienes lo ungieron en el puesto.

Sobre estos temas, retrotraídos a 1913, es que Fernández escribe su libro para presentarnos documentos, referencias históricas, listados de ilustres ciudadanos que igual apoyan primero el golpe aunque después lo rechazan, todo en un juego de espejos en el cual se lee a menudo la palabra traición, la palabra oportunismo, la palabra deslealtad. Aunque asimismo se reflejen las palabras patriotismo, coraje, dignidad y valor de los que saben levantar la bandera de la patria limpia, de la patria no manipulada ni utilizada.

El estilo directo y sencillo de la prosa de Fernández facilita la comprensión de algunos de los pasajes más complicados y abstrusos de la época estudiada. Por esos difíciles días de la historia de Costa Rica, hay profundas tensiones y temores que recorren el país.

Hubo un golpe de Estado, el pueblo empieza a manifestarse y  quema el diario “La Información”, órgano periodístico que apoya al régimen. Y las manifestaciones populares recorren las calles. Curiosamente, el representante diplomático de Estados Unidos participa en las  protestas contra Tinoco. Pero no solo eso. También levanta tribuna en los desfiles antigubernamentales, un gesto de intervención norteamericana que por más que puede agradar a quienes son anti tinoquistas, produce escozor entre los que  otean el peligro real de la intervención estadounidense que  estuvo a punto de registrarse.

El presidente Woodrow Wilson está decididamente contra Tinoco, el Cónsul  Benjamín Chase quiere la intervención de su país en el nuestro y la pide, en tanto el Secretario de Estado Robert Lansing forma parte de ese coro. A este se integra un joven diplomático norteamericano que nos visitó por aquellas fechas, como apertura de una larga carrera que despuntaría más adelante: hablamos de John Foster Dulles, uno de los duros conservadores de la que sería  tiempos después la guerra fría.

Todos estos factores atemorizantes son complementos de un cóctel compuesto también por los fenómenos económicos negativos, porque se vive la profunda crisis de la primera posguerra y ella golpeó a González Flores y por supuesto a nuestro país. Las fuerzas más conservadoras acusan al presidente de ser pro alemán, lo cual equivaldría en tiempo reciente a haber sido pro hitleriano o pro comunista. Como no había nazismo, sí existía el kaiserismo, y como tampoco había el fantasma del comunismo, surgía el  germanismo. De todo eso acusaron a González Flores. En el fondo le cobraban su política tributaria resumida en el principio de que el rico pague impuestos como rico y el pobre como pobre.

El autor nos refiere a algunos de todos estos acontecimientos y a otros que el prologuista auscultó en el pasado reciente. Mas lo esencialmente importante es que Fernández tiene una voluntad de hierro y con ella se dedica a bucear bien hondo en el tema que ha sido motivo de varios libros, ensayos, artículos y conferencias académicas. De esa intención y  de este auto desafío del investigador, se generan muchos aportes históricos  -- algunos sorprendentemente originales—que van surgiendo al recorrer acontecimientos a partir del año 1913.

Una de las pruebas de la independencia e integridad intelectual del autor, es que varía la opinión muy favorable que durante algún tiempo tuvo sobre Tinoco y su Gobierno. Y no le tiembla el pulso ni la conciencia para rectificar lo que estima fue un error suyo, probablemente corregido a raíz de su periplo por una inmensa y enmarañada montaña de documentos, conseguidos en virtud de su tenacidad para calar hondo y de hacerlo sin más miramientos que la lealtad a la veracidad nacida de los nuevos papeles, entrevistas y traducciones encontrados.  Y estos surgieron tanto en fuentes locales como internacionales.

Por esta vía, el escritor explica que 30 años antes (en su tesis de grado) creyó que Tinoco había actuado patrióticamente al impedir una probable intervención norteamericana en nuestro país, pero como consecuencia de su profundización en la historia real, concluyó que la creencia se borró al darse cuenta que Tinoco ofreció a Estados Unidos las aguas y puertos del país  y además la isla del Coco para una base militar, todo ello al objeto de obtener el reconocimiento diplomático del Gobierno de Wilson. Eso constituyó una conducta incompatible con la noción de soberanía y es rechazado—como corresponde-- por el escritor.

Este detalle es uno de los sellos de garantía de la obra, de la persona que la escribe, del historiador que asume su responsabilidad intelectual y dice a los lectores, con hechos, lo que a su juicio está o estuvo bien y mal.

Y así consigue el libro ir haciendo justicia cuando da a cada uno lo suyo, para ubicar en sus papeles históricos, decentes y patrióticos, a los ex mandatarios de transición don Juan Bautista Quirós y don Francisco Aguilar Barquero. Todo lo que se diga de su patriotismo y rectitud es poco. Fueron costarricenses preocupados por nuestra soberanía y dignidad nacional y con su desprendimiento dieron lección de patriotismo y hasta de sana humildad. Gracias a la actuación de este tipo de hombres que no se aferraban al poder ni ambicionaban el dinero y que fueron capaces de hacer de la negociación limpia y el diálogo patriótico instrumentos efectivos de gobierno, Costa Rica logró resolver de modo armonioso, sin derramamiento de sangre ni invasión extranjera, una de las crisis políticas más profundas de su historia.

Y en el tinglado político y partidario (desde 1913), van surgiendo algunos de los   personajes más sobresalientes de la época: los señores Ricardo Jiménez Oreamuno, Cleto González Víquez, Julio Acosta, Ascensión Esquivel, Carlos María Jiménez, Manuel Castro Quesada, Rafael Yglesias, Máximo Fernández, Carlos Durán, Luis Demetrio Tinoco Gutiérrez, Luis Anderson Morúa, Rogelio Fernández Güell y los hermanos Volio Jiménez, entre otros muchos.

En estas 550 páginas, Jesús Fernández nos presenta  un renovado fresco (especie de técnica mural) de la política costarricense, en una de las etapas más convulsionadas de nuestra Historia. Figuran los buenos y los malos, los oportunistas y trepadores, los patriotas y los santos. Y, como nunca faltan, quienes pretenden hacer negocio personal de la actividad pública. El lector conocerá y evaluará la Historia de esos tiempos, y en otra dimensión a los personajes que le dieron vida.

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