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Su Criterio


Las calles de la miseria

Adriana Núñez Artiles (*) | Miércoles 20 de Agosto, 2014

En el mundo existen por miles esas calles concurridas y grisáceas, donde la miseria exhibe su rasgado y sucio rostro. Miseria que no es solo ausencia de dinero o de alimento; más allá de los estragos físicos y económicos, lo que más perturba es la denigrante situación moral y espiritual en que se encuentran muchísimas personas, a las que su precaria situación y variados vicios y circunstancias les han conducido. Y aún así, en medio de la mugre, hay momentos en que su humanidad se vislumbra como una débil llama que lamentablemente se extingue ante la indiferencia circundante.

Cientos de vehículos transitan diariamente por la Avenida 10 en nuestra ciudad capital. Posiblemente muchos de los conductores han sido testigos de la visión decadente que ofrecen los cuerpos de personas acurrucadas en las aceras, metidos en cajas de cartón, encogidos y en posición fetal, entre calles 11 y 13. Son apenas dos cuadras, pero tan llenas de tristeza…
Duermen en los rellanos de las puertas, pegados a los muros de oficinas y casas, a cualquier hora del día o de la noche, arrebujados en trapos malolientes. Y sin embargo, a pesar de sus desvaríos y limitaciones, algunos de ellos se apoyan y cuidan entre sí.

Excluidos sociales

Según el reporte de Carolina Rojas Madrigal, de la Universidad de Costa Rica, titulado: Indigencia en San José: expresión de la exclusión social y el desarraigo, “una persona en condición o en situación de indigencia es un adulto o adulta que ha experimentado en sus vivencias cotidianas el proceso de exclusión, al encontrarse en una posición distinta a lo que la sociedad considera como aceptable. La persona en condición de indigencia deambula, pernocta y por tanto vive en las calles de las zonas urbanas, en las cuales realiza actividades ligadas a la precariedad crónica y a las características particulares de estas zonas geográficas”.

El documento también señala que: “Las personas en indigencia se encuentran fuera de los canales de información y no son tomadas en cuenta como un grupo social en la toma de decisiones, ya que su estilo de vida se excluye de la cultura socialmente aceptada.

Y es que tal y como lo menciona en una nota publicada en julio del 2013, la periodista Ana Amenábar del Diario Extra, “la pobreza no tiene edad, ni discrimina.” Efectivamente. De los dos mil o más indigentes que viven en las calles de San José, muchos son jóvenes sin guía parental, olvidados a su suerte.

 Aún conociendo esta realidad, no pude evitar las horribles ganas de llorar y la profunda sensación de impotencia que me produjo hace unos días, mientras conducía mi vehículo, la visión de un muchacho no mayor de 18 años, acomodando sobre el cuerpo de un adulto, unas raídas cortinas rosadas, para taparlo del vientecillo matutino. El otro ni se inmutó al contacto de la tela pues yacía prácticamente inconsciente.

Tras taparlo con cuidado, el muchacho caminó hacia la bocacalle para contribuir con quienes por allí circulaban, de manera que pudiesen continuar su camino sin preocuparse por la cercanía de otros autos a su derecha o del tren a su izquierda.
Detuve el carro a un lado de la esquina para observar la conducta del desarrapado joven. Mantuvo su accionar por unos cuantos minutos y luego, echándose al hombro un ennegrecido suéter, tomó con paso vacilante, el rumbo hacia el centro de la capital, posiblemente a conseguir alimento o más drogas. Eran apenas las 8 y 15 de la mañana.

Juventud en riesgo

Estoy narrando esta simple historia cotidiana no para que las autoridades municipales corran para desaparecer de las miradas inquisidoras y por unos cuantos días, a los inquilinos de estas calles.

Es más bien un clamor dolido ante la indiferencia de la gente, que ya se acostumbró a semejantes escenas, cuyo trasfondo concierne a la desintegración familiar, al deterioro moral y a la pérdida de valores y principios que nuestra sociedad –y otras muchas- padece. 

La palabra solidaridad es cada día un vocablo más vacío, que se pronuncia automáticamente para acallar la conciencia. Y la vocación de servicio, hace tiempo que perdió la dignidad de su cargo. Ciertamente, hay seres humanos que ya rozan la vejez y a los que quizás sea imposible ayudar. Pero un jovencito de 18 años… ¿es causa perdida?

Una de las obras más respetables de la historia fue la que desempeñó San Juan Bosco por las calles más peligrosas de su comunidad, atrayendo hacia sencillos talleres de trabajo, para aprender un oficio, a muchísimos jóvenes carentes de hogar, ayunos de sustento espiritual.

He visto muchos parques rodeados de malla, cerrados, desiertos y desolados. Lotes baldíos y casas desocupadas donde se podría edificar una enorme obra social, si en materia de juventud nos olvidáramos un poco de exhibir demasiada tecnología, de darle tanto valor a los “tuits” y a los “chats” o de emular costumbres foráneas, para darle cabida a una labor de raíz, donde se involucren voluntarios con distintas fortalezas, tanto personales como profesionales, que sepan transmitirle a quienes necesitan, el amor por sí mismos y por la vida, instrumentos intangibles pero indispensables para caminar erguidos y buscar mejores oportunidades.

De palabras, estudios, seminarios, ofertas que se lleva el viento, reuniones, proyectos, improvisados planes a futuro ¡estamos todos hartos! Nuestro país necesita ejecutar acciones concretas, sin tanto discurso populista. El ojo no engaña y no se precisa de más bases de datos para saber dónde están los pobres más pobres y cuáles son los orígenes de su situación.

Volví a pasar por la Avenida 10, entre calles 11 y 13. Llevé una muda de ropa que ya no usan mis hijos y se la entregué al muchacho de los ojos enrojecidos. No soy la Madre Teresa y su cercanía me produjo miedo. No le resolví su adicción. No tengo la posibilidad de penetrar en sus enmarañados pensamientos ni los recursos para facilitarle opciones. Pero sentí que por un momento dejó de ser invisible para expresar agradecimiento y esbozar una sonrisa, aunque mañana tal vez no quede nada de la ropa limpia que hoy le cubre su enflaquecido cuerpo.

*Periodista 

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