Histórico
Aquella noche de barbarie
| Sábado 29 de Mayo, 2010|
AQUELLA NOCHE DE BARBARIE Nunca olvidaré el fogonazo de aquella noche. La explosión. Nuestros gritos de dolor, de desesperación, de aturdimiento e impotencia.
Acabábamos de llegar a La Penca, un sitio perdido en la frontera de Nicaragua y Costa Rica a la vera del majestuoso río San Juan.
Eran casi las 7 de aquella noche del martes 30 de mayo de 1984.
Nunca olvidaré aquella escena.
Alguien precipitó una conferencia de prensa con el comandante guerrillero Edén Pastora. Se suponía que la íbamos a tener al día siguiente.
Habíamos llegado a La Penca después de una travesía que se nos había hecho “familiar” a los reporteros en aquellos tiempos de una Centroamérica incendiada por la guerra. A nosotros nos llegaban sus coletazos.La guerrilla antisandinista tenía sus representantes en San José; nos contactaban en las salas de redacción y cada semana, o dependiendo de la intensidad noticiosa, nos movilizábamos hacia la frontera.
Llegábamos a San Carlos. Luego por el camino de Venecia, seguíamos hasta cualquier punto que ellos nos indicaran en las márgenes ticas del San Juan. San Juan del Norte, Crucitas, Los Chiles, Medio Queso, Boca Tapada, El Zoncho. Todos fueron nombres y sitios que se nos metieron hasta los tuétanos, con sus charcos de barro.
Aquel martes sucedió como siempre.
Salimos de San José a las 5 de la mañana. A mediodía dejamos Ciudad Quesada y a las 2 de la tarde empezamos a navegar en una vieja panga. A surcar primero el San Carlos. Lo hicimos desde el desembarcadero de Boca Tapada. En una hora llegamos a la confluencia del San Juan.
La aventura no presagiaba la tragedia que nos aguardaba a una veintena de periodistas extranjeros y ticos. La muerte nos acompañaba. El asesino viajaba con nosotros, simulando ser reportero. Se hizo pasar por camarógrafo; barbudo, de anteojos oscuros que nunca se despegó.
El viaje lo realizamos con una tensa ansiedad que nos llevaba siempre al otro lado de aquella frontera, llena de selva, de misterio, de guerrillas y de muerte.
Llegamos a La Penca como a las 4 de la tarde. Empezaba a caer la tarde.
Intercambiamos con varios de los guerrilleros; ya caras conocidas para muchos de nosotros.
La Penca, un sitio perdido en la selva limítrofe empezaba a caer bajo la oscuridad de aquella tarde de mayo.
El comandante se paseaba con los suyos. Barbudo. Gesticulante. Vociferante.
La conferencia de prensa con él estaba prevista para la mañana siguiente.
Pero de pronto “alguien” la convocó. Y, como en ritual de oficio, todos nos acercamos a un mostrador de aquel rancho. El comandante. Los guerrilleros. Las cámaras. Las luces.
Y nosotros.
Las frases altisonantes de un Pastora, peleado contra sus excamaradas sandinistas que parcharon de marxista la revolución.
Peleado con los Ortega hermanos suyos del alma hoy; peleado con la CIA. Peleado con todo el mundo.
Y de pronto el estallido. El fogonazo. Un estruendo seco.El caos de la muerte y la barbarie se desplegaba ante nuestros ojos.
La palpábamos. La sentimos. Nos salpicó.
La brutalidad terrorista nos hacía carne de su cañón.
Cadáveres mutilados; cuerpos de reporteros y guerrilleros caídos, sangrantes, gritando, llorando, suplicando a Dios.
Instantes dantescos; inolvidables.
Un compañero reportero herido me suplica que le arranque de su cuello una lata que le hería y le ahogaba en sangre. Imposible sin desgarrarlo más.
Llantos, gritos, desesperación. Balas volando para “proteger” al comandante de un ataque. Eso se creía en un inicio. Luego nos dijeron que temían porque aquel sitio era una especie de bodega de municiones de la guerrilla.
¡Santo Dios si aquello hubiese explotado!
La Penca vivía su noche de terror. La vivímos. Tirados, impotentes, heridos, inciertos de qué pasaría de qué iba a pasar. A oscuras. Con explosiones. Con gritos y caos. Y a unas tres horas, corriente en contra, por las traicioneras, oscuras y tempestuosas aguas del San Juan.
Nos rescataron en el tercero o cuarto viaje.
Reid Miller, viejo amigo, reportero estadounidense, y “viejo zorro” de correrías de la Associated Press en Centroamérica y África, me acompaña en la ambulancia. Herido, quemado. Nunca lo olvidaré su mirada triste.
Como es imposible de olvidar ese guiño que la muerte nos hizo aquella noche.
De la mano de una acción terrorista, impune hasta hoy.
Quien sea quien haya sido, esté donde esté, carga en su conciencia la muerte, la sangre, la tragedia de su acción, la de sus autores intelectuales, impunes, también. Cargo de conciencia indeleble.
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Habíamos llegado a La Penca después de una travesía que se nos había hecho “familiar” a los reporteros en aquellos tiempos de una Centroamérica incendiada por la guerra. A nosotros nos llegaban sus coletazos.
Y de pronto el estallido. El fogonazo. Un estruendo seco.