Anatomía de la columna (Recordando a Julio Rodríguez Bolaños)
Gerardo Bolaños González | Martes 22 de Julio, 2014La columna periodística da a quien la escribe la oportunidad de buscar y tener una voz propia. Eso es también lo que buscamos los lectores: que el columnista diga lo que siente y lo que piensa. Cuando un columnista lo hace bien, sentimos que nosotros mismos hemos escrito la columna.
Según señala Alberto Manguel, historiador de la lectura, las columnas pueden ser serias o ligeras, formales o informales, objetivas o subjetivas, basadas en hechos o fantasías. El columnista puede romper lanzas con enemigos reales o imaginarios, divertir a los lectores, o divertirse solo.
De una columna se espera, apunta la escritora e investigadora Marjorie Ross, que tenga brillantez, humor fino, ironía, juegos de luces y arabescos construidos con la palabra, dentro de una gran libertad temática y formal.
El columnista de Ross debe crear opinión sin sermonear, engolosinar al público creándole adicción a su estilo particular de ver el mundo.
Un columnista debe intentar establecer alianzas con los lectores. Existen ciertos hechos. Sobre ellos el columnista tiene una intuición, y se forma una opinión. Opinión que raramente es duradera. El periodismo forma parte del imperio de lo efímero.
Eso lo entendí a cabalidad en mis tiempos de estudiante universitario viendo la película El Desierto Rojo, de Antonioni.
La escena transcurre un domingo por la tarde. Marcelo Mastroiani camina con Mónica Vitti por una Roma desierta a la hora de la siesta. De repente, de lo alto de un edificio se desprende una hoja de periódico. La cámara sigue la página hasta que cae al suelo. Mastroiani se inclina, ve la fecha y le dice a Mónica: “¿Te das cuenta? Es del diario de hoy”.
Javier Cercas, escritor español cuya lectura recomiendo, dice que uno no escribe de lo que quiere, sino de lo que puede.
Las columnas pueden hablar de política, de poesía, del medio ambiente, de la corrupción, del sexo, de la manera de ser de los ticos (lo inefable que nos retrata), etcétera, etcétera.
Lo más importante es dominar lo que los griegos llamaban kairos, es decir, sentido de oportunidad.
Una columna periodística debe ser concisa y la concisión es cuestión de trabajo. El poeta portugués Fernando Pessoa señalaba también que “la precisión es la lujuria del pensamiento”.
Conviene además seguir el consejo de Juan Rulfo: “Hay que escribir quitando palabras”.
Se debe huir del cliché. Leer y releer lo escrito, ponerlo en baño María para evaporar lo superfluo y, cuando se cree que está casi listo, leerlo en voz alta.
Se debe escribir pensando que no se puede satisfacer a todos los lectores todo el tiempo. El escritor no debe ser enemigo del lector, decía el maestro de la novela negra, gourmet y columnista Mario Vázquez Montalbán. Pero tampoco concederle todas las facilidades.
Hay que estimularlo a que se movilice, a que diga: “Bueno, ¿por qué el columnista me ha dicho esto, qué me ha querido decir, qué significa esta palabra?”… Y buscarla en el diccionario.
Lo ideal en una columna es expresar con sencillez lo que es sutil y con ambigüedad lo que es evidente.
¿Vale la pena escribir columnas?
Pareciera que sí, a juzgar por lo que sostiene el filósofo Fernando Savater. No se trata de salvar al mundo, no. El mejor de los artículos, el verdadero buen artículo, no es más que un artículo. Nada más, ni nada menos.
Y pide Savater que, cuando le llegue la hora aciaga, que lo entierren envuelto en hojas de opinión.





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