El ayer de mañana
Gerardo Bolaños González | Jueves 23 de Julio, 2015Las salas de redacción de los diarios han ejercido una fascinación sostenida sobre otros medios de comunicación como el cine y sobre muchos escritores.
Me vienen a la mente películas como Primera Plana (sic) con Jack Lemmon y Walter Mattheau, dirigidos por Billy Wilder en 1974, y la infaltable Todos los hombres del presidente, con Dustin Hoffman y Robert Redford, reclutados por Alan J. Pakula en 1976.
Pero la más interesante para mi gusto es Ausencia de malicia, de 1981, del director Sydney Pollak, con Paul Newman y Sally Field. Esta última película aborda el tema que enfrenta una presunta difamación y el derecho del público a saber. Se proyecta y estudia a menudo en seminarios de ética profesional del periodista.
La televisión, enamorada de su propio ombligo, ha volcado en sordina algunas de sus ansiedades propias (tensión entre noticias y ratings apegados a intereses comerciales) en una reciente serie como The Newsroom, aunque no es la única. House of cards, si bien no es una serie sobre el periodismo sino sobre el poder, no escatima las situaciones en las que ambos se enfrentan, o se confunden, envenenándose entre sí.
Existen también novelas que retratan muy bien las tensiones entre poder político y salas de redacción, como por ejemplo la extraordinaria La guerra de Galio, del historiador y periodista mexicano Héctor Aguilar Camín. Los periodistas, de Vicente Leñero, también mexicano, desenreda la intervención del gobierno del expresidente Luis Echeverría en la vida del diario Excélsior. Y En clave de luna, del periodista costarricense Óscar Núñez, se inspira igualmente en ciertas vicisitudes (y amoríos) de colegas que buscan aproximarse a la elusiva verdad, en este caso sobre el llamado sicópata.
Las menciones anteriores, que he visto o leído, sirven de excelentes teloneras a Número Cero, una rotunda y breve novela de Umberto Eco que todo periodista que se respete y respete su trabajo debería leer, repasar y dialogar sobre ella. Acostumbrados a los milimétricos y copiosos asuntos medievales que como novelista ha explorado Eco, Número Cero es un TAC vertiginoso, de poco más de 200 páginas, que revela los entresijos de la posible toma de decisiones en una sala de redacción de nuestro tiempo.
Trata de un diario, Domani (Mañana), que nunca saldrá pero que, entretanto, explorará cómo narcotizar a los posibles lectores con infundios que valen su precio en oro si no son publicados. Para decirlo con la palabra justa, chantaje al poder político o económico de parte de los dueños de la operación.
El protagonista de Número Cero es Colonna, un escritor y periodista perdedor a quien, justamente por eso, se le da la oportunidad de ser el jefe de redacción de Domani. Las sesiones de la sala de redacción ambientada en 1992 son de antología: un verdadero cursillo acelerado de técnicas canallescas para maquillar la verdad. Cubren desde cómo hacer el horóscopo o los obituarios hasta el abordaje de temas sexuales o infundios personales y políticos. Número Cero desemboca también en los arcanos de la CIA en Europa y desentierra misterios de la vida de Mussolini (después de su muerte aparente). Como telón de fondo tiene lugar el enamoramiento de Colonna y una reportera novata, Maia, dotada de una lucidez casi autística.
Colonna, además de jefe de redacción, está encargado de pergeñar un libro como escritor fantasma que llevará la firma de un tal Simei, mediador entre el empresario Vimercate (quien me hace pensar en el magnate de medios Berlusconi) y la sala de redacción. Simei se prepara, si el diario no sale, para quedar como el gran editor que intentó realizar un modelo de periodismo libre de presión. El muy cínico le pondría como título Domani: ieri (ayer).Pero todo se verá frustrado por la aparición de un cadáver: el de un periodista fabulador, el cual sostiene al comienzo del libro: “Vivimos en la mentira y, si sabes que te mienten, debes vivir instalado en la sospecha. Yo sospecho, sospecho siempre”.
Yo solo espero que quienes lean Número Cero no lo tomen como un manual de estilo que deben seguir a pies juntillas.




