El estribillo
Gerardo Bolaños González | Jueves 20 de Agosto, 2015El otro día la ví en la calle y casi no la pude reconocer. En sus mejores tiempos tenía un toque de distinción proveniente en gran medida de la parsimonia con que salía en público. Su dignidad inspiraba respeto a los que la oían. Ahora viste andrajos, anda despeinada, y en su rostro se ven evidencias de maltrato.
Como muchas otras palabras sometidas al abuso, la palabra importante casi ha perdido el sentido. No es una cuestión de género. Hombres y mujeres la gastan y desgastan, principalmente en programas de radio y televisión en los que domina el empeño, quizás inconsciente, por reducir el idioma a su mínima expresión.
Conductores y entrevistados parecieran competir a ver quien la repite más veces en una frase o a lo largo de la emisión. Olvidan que el español, al decir del monje trapista norteamericano Thomas Merton, es un idioma fuerte y sutil, filoso y preciso, dulce y flexible. No cuenta con tantas palabras como el inglés, pero una buena cuota de ellas es afín a importante y resulta una lástima no tomar en cuenta las numerosas posibilidades léxicas de nuestro idioma.
Una ley sería más precisa en boca de los periodistas si dijéramos que es capital, notable o trascendente, no simplemente importante. En lugar de importante, un error puede ser grave, peligroso o cuantioso.
A veces palabras más cortas como grande o serio servirían para hacernos descansar de… importante.
Un político puede ser poderoso, encumbrado o respetable, siempre y cuando no utilice importante a cada paso. En boca de los simples, la palabra importante ha perdido trascendencia, rango y categoría, palabras todas que pueden ser usadas en lugar de importante.
En suma, importante ha dejado de tener jerarquía para convertirse en estribillo… sin importancia.





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