Primera Plana
Contorno


Mi vida tras un balón

Enrique Villalobos Quirós * | Martes 30 de Abril, 2024

Hace unos años mientras visitábamos el parque Xcaret, en Cancún, mi esposa Ana y yo llegamos a un antiguo emplazamiento maya que contiene, además de pirámides y otros edificios antiguos, un gran campo de juego donde los jugadores competían por meter una bola de caucho endurecido en una especie de canasta lateral de piedra, que se encontraba a la mitad del campo. Lo sorprendente de este antiguo juego de pelota, que recuerda un poco al basquetbol actual, es que los jugadores tenían que pegarle a la esférica únicamente con la cadera. El juego duraba horas antes de que algún jugador conseguía encestar la pelota. Era casi misión imposible.

Lo dramático era que los integrantes del equipo vencido perdían la vida, en un sacrificio ritual, sobre un altar de piedra.  ¡Les extraían el corazón con un cuchillo de jade! Pienso que muchos voluntarios no habría para integrar un equipo de esos. Menudo reto al que se enfrentaban.

Estuve reflexionando sobre este sangriento juego y me sorprendí al comprobar que desde niño mi vida ha estado marcada por el constante uso de bolas y esferas de diferentes tamaños y pesos, y tratando de ser más específico, diría que por objetos redondos porque hay dos que he utilizado que no son propiamente bolas, como las solemos entender, pero sí son esféricas: me refiero a la bola de boliche y la bola de hierro que se utiliza en los deportes olímpicos, en la prueba llamada el lanzamiento de la bala.  

Martillo y canasta

En la infancia vivíamos en una casa que se encontraba cuesta abajo de la famosa pulpería La Luz, en el terreno que después ocupó la UACA.  Recuerdo que la primera bola que usé era pequeña y de hule: la del juego de yaxes de mi hermana Flora. También hubo alguna que otra bola de plástico por navidades, que rápidamente terminaba desinflada por el uso. 

Mi hermano Gerardo instaló una pequeña cesta, en las afueras de la casa, y utilizaba una pequeña bola para encestar. Él no quiso prestármela por lo que opté por usar un pequeño martillo a modo de bola, que estaba tirado por ahí. Quiso la desgracia que Gerardo estuviera agachado juntando la bola bajo la canasta y en ese instante, el martillo que había lanzado hacia la canasta aterrizó en la cabeza de Gerardo. Solo recuerdo, después de ese martillazo, ver a mi mamá curando la cabeza sangrante de Gerardo en el cuarto de baño, donde estaba el botiquín familiar.  No preciso, como diría Chema Figueres, si sufrí algún castigo por la sangre derramada, solo me quedó claro que los martillos no eran lo más apropiado para jugar basket.

Bolitas y balines

El siguiente recuerdo fue con otra clase de bolas cuando ya vivíamos en barrio Escalante. Allí teníamos un juego de chinesse checker, en el que se usan bolitas de vidrio.  Mi hermano Marco Aurelio, q.D.g., tenía un pulso formidable al lanzar las bolitas de vidrio y nos enseñó a Gerardo y a mí una forma muy novedosa de sostener las bolas y lanzarlas con fuerza.  La forma que emplean casi todos los niños es sostener la bola con los dedos apretados, como formando un cilindro, y se impulsa la bola con el pulgar. Esta sale expulsada con poca fuerza y velocidad.  Lo que nos enseñó Marco Aurelio fue sostener la bola entre el nudillo del dedo pulgar y la punta del dedo índice, usando solo esos dos dedos.  Esa modalidad logra que la bola, al ser lanzada por el pulgar, salga con un mayor impulso y a buena distancia. ¡Esa era nuestra arma secreta!

En aquellas épocas jugar con bolinchas, canicas o bolitas de vidrio era muy popular. Nosotros jugábamos tanto en el barrio como en la escuela Buenaventura Corrales. En el parque España había una zona al lado de la fuente, donde crecían bambúes. Ahí jugábamos. Había dos formas de jugar a las bolinchas o canicas: de “verdad” o de “mentiras”. Antes de explicar esa diferencia, explicaré el juego: este consistía en formar un círculo en la tierra donde cada jugador cazaba una bola adentro y luego cada jugador lanzaba con la mano su bola, la tiradora, hacia una raya que estaba como a dos metros alejada del círculo.  El jugador que colocaba su bola en la raya o lo más cercano a ella, tenía el derecho de arrimar de primero su bola al círculo donde estaban cazadas todas las bolas. Cuando todos se habían arrimado, el primero podía apuntar con su bola las bolinchas cazadas y trataba de acertarlas. Si sacaba una del círculo, la ganaba y la metía en su bolsa. Podía repetir el lanzamiento. Si fallaba en el intento, le tocaba el turno al siguiente jugador y así hasta que se hubieran sacado todas las bolas cazadas.  Jugar de “mentiras” significaba que las bolas ganadas se devolvían a los dueños. Jugar de “verdad” era que las bolas ganadas uno se las quedaba.

Con nuestro novedoso modo de tirar empezamos a ganar bolas de “verdad” en el barrio y al poco tiempo ya nadie quería jugar con nosotros con esa modalidad, porque se quedaban sin aquellas bolas de vidrio tan bonitas, transparentes y con una flor en el centro. Otro tanto me sucedió en la Escuela. Entonces tuve que recurrir a una estrategia sutil. Busqué otros barrios donde jugaran bolinchas y en las primeras rondas fingía que era malo jugando. Perdía varias bolas a propósito, pero luego empezaba a jugar con más precisión, recuperaba las bolitas perdidas y ganaba otras más. Eso funcionó un tiempo, pero pronto me aburrí porque tenía que caminar mucho buscando otros niños que jugaran bolitas ¡A tanto no llegaba mi hambre por las bolinchas!

Debo indicar que Gerardo y yo usábamos balines como bolas tiradoras, sacados de una balinera del taller de papá. Esos balines eran formidables para sacar las bolitas cazadas. A veces, la bolita se partía con el impacto. Algunas veces un chiquito protestaba contra el uso de los balines, por considerarlos excesivos para el juego. ¡Chispas del oficio!

Explosiva admiración

Antes de cerrar el capítulo de las bolas de vidrio, hay un episodio vivido que cada vez que lo pienso me admiro de la insensatez en que incurrimos Gerardo y yo. En ese tiempo de vacaciones empleamos a menudo las bombas de pólvora para reventar chayotes y explotar latas. No contentos con eso, incursionamos en la balística de altos vuelos: construimos un cañón que lanzaba bolas de vidrio.  El primer cañón lo hicimos con un inflador, pero se perdía mucho tiempo tratando de meter la mecha por el pequeño agujero de uno de sus extremos. Después se nos ocurrió emplear un tubo metálico de cañería con rosca y un niple. Al niple le hicimos un hueco con el taladro de papá.  Por ese agujero era fácil pasar la mecha de la bomba y luego enroscábamos el niple al tubo.  Con una prensa, también del taller paterno, sujetábamos el cañón. El asunto funcionaba bien: utilizamos de proyectiles las bolas de vidrio llamadas taponas. Estas eran más grandes y caras que las usadas en el juego citado, valían una peseta. Se ajustaban perfectamente al diámetro del tubo, y luego vino otra mejoría sustancial:  fijamos la prensa en el manubrio de la bicicleta. ¡Teníamos un cañón con movilidad!

Resulta que, en el barrio, en la otra cuadra, vivían un par de muchachas argentinas, muy hermosas. No sabíamos cómo entrarles y se nos ocurrió la peregrina idea de emplear el cañón, a modo de introducción con las extrañas.  Una noche nos plantamos frente al garaje de las argentinas y disparamos contra el portón de madera.  La explosión atronadora rompió el silencio de la noche, nos asustamos y salimos corriendo.  Atrás solo quedó flotando una nube con el olor de la pólvora.

Al otro día, al despiste, pasé por el frente de esa casa y observé que la tapona había traspasado limpiamente el portón y lucía un hermoso hueco redondo.  Nunca supe si la bola le hizo algún daño al auto que estaba adentro. Le comenté el hallazgo a Gerardo. Entonces comprendimos que la aproximación hacia las chicas con el cañonazo no había sido la mejor estrategia para trabar amistad. No podíamos llegar ante ellas y decirles: ¡Oigan, nosotros somo los imbéciles que disparamos la otra noche contra el portón de su casa!  Nuestra aproximación argentiniana había muerto antes de nacer.

Fútbol, voleibol, softbol y beisbol

Desde luego en el barrio jugábamos fútbol, con la bola de cuero, la número 5.  Nuestra “plaza” era la calle. En esa calle vivíamos los Villalobos, los Pucci, los Tanzi y los Soto, entre otros vecinos. En vacaciones al doctor Longino Soto le molestaba que jugáramos a la hora de la siesta y llamaba a la policía. En una ocasión vino una radiopatrulla y los “tombos” nos quitaron la bola.  Longino pudo terminar su siesta ese día.

Para evitar nuevos decomisos pusimos a una “campana” en la esquina. Esa campana era algún niño, muy torpe para jugar al fútbol, que no era alineado.  Este nos gritaba si veía venir una patrulla. De inmediato el que tuviera la bola se encargaba de tirarla a algún patio, y posteriormente, cuando pasaba el peligro, llamábamos a esa casa y nos devolvían la bola.

Debo mencionar que jugar fútbol en la calle, en el asfalto, era algo criminal para los zapatos y estos terminaban arruinados.  Mamá estaba acongojada con ese gasto de zapatos, que afectaba las finanzas familiares. Ella encontró la solución en una zapatería en los alrededores del Mercado Central. Ahí vendían zapatos con la suela hecha con llantas de tractor. ¡Ya no hubo más lamentos, aunque la estética se fue al carajo!

Los alumnos del edificio metálico íbamos a jugar fútbol en un terreno baldío que estaba a 200 metros al este, frente al Parque Nacional. Años después en ese terreno se construyó la actual Biblioteca Nacional.

Con las muchachas del barrio jugábamos en un enorme terreno que estaba frente al Centro Cultural y a un lado de la Escuela Angloamericana, hoy ese lugar lo ocupa un conjunto de apartamentos.  Con ellas jugábamos vóleibol y softball.  El beisbol con pelota dura no lo soportaban las chicas y para eso era la versión del softball.  

Voleibol también lo jugaba, años después, con mis alumnos de periodismo de la UACA.  A final de cada cuatrimestre los invitaba a la finca en Dulce Nombre a pasar un día entretenido haciendo deporte y disfrutando de comida variada.  Vayan tomando nota, estimados lectores, de la variedad de bolas utilizadas, pero el asunto no para ahí.

Basquetbol en el Colegio Seminario

Yo estudié todo el bachillerato en el Colegio Seminario, allá en los bajos del barrio de La Cruz. Aparte de la dura disciplina de los estudios, los curas fomentaban mucho la práctica del basquetbol. No en vano, el Colegio era el campeón nacional de esa disciplina deportiva, año tras año. Nuestro eterno rival era el Liceo de Costa Rica.

En el Semi era extraño encontrar a un muchacho que no jugara basquetbol.  Por supuesto, también había una cancha de fútbol.  Y esto ya no me tocó a mí, pero después construyeron una gran piscina. ¡Dichosos, dichosos, los alumnos!

La cancha de los mormones

Durante aquellos años de secundaria, varios compañeros visitábamos con frecuencia la residencia Miravalles, regentada por el Opus Dei. Esta quedaba 50 metros al sur de La Luz. Ellos eran Carlos Ulloa, Manuel Haug, Gonzalo Vega y este servidor, entre otros. En la residencia vivían varios alumnos, como Daniel, “Sorbito”, Salas, un hombre enorme que medía casi 2 metros. Los sábados en la mañana íbamos a jugar basquetbol a la cancha del templo de los mormones, 100 metros al sur de la residencia, en Los Yoses.  Es conocido que siempre al lado de un templo mormón, hay una cancha de basket. Los responsables de esa iglesia estaban encantados de que llegaran muchachos a jugar ahí y nos ofrecían emparedados y Coca Cola.  Pasaron las semanas y como ninguno de nosotros mostró interés por conocer algo de esa creencia, ya no hubo más sándwiches ni gaseosas.

Y llegó un sábado, en que el risueño grupo entró a la cancha de basquetbol y se encontraron con una desagradable sorpresa: habían quitado las canastas de los tableros. El mensaje era muy claro: ¡No vuelvan!

Croquet

También en la residencia aprendimos a jugar croquet. Ese entretenido juego inglés de los mazos, bolas de madera y aros metálicos, que se juega sobre hierba. Las bolas deben pasar por los aros, colocados en un orden establecido que debe recorrerse para ganar.  Solo que los padres del Opus Dei nos enseñaron la versión española del juego. Esta versión es más agresiva con las bolas rivales pues se trata de impedir que avancen en el recorrido al tiempo que uno avanza las propias. Esta versión no es tan modosita como la que juegan los ingleses, en que cada quien va a lo suyo, sin estorbarse.

El frontón, la pelota vasca y las bochas

Pasaron los años, me gradué de secundaria y me fui a estudiar periodismo a España, concretamente a la Universidad de Navarra, en Pamplona. Aparte del ambiente universitario, el hermoso campus y el rigor de los estudios, entré en contacto con otro tipo de bolas, las que se usan en el frontón y en el juego llamado pelota vasca.

Cerca del Colegio Mayor Aralar, donde vivía, había un frontón.    Estos deportes, el frontón y la pelota vasca, son muy populares en el país vasco. El frontón es una cancha de cemento de 35 metros de largo, un muro al frente, uno a la izquierda y otro al fondo, todos los muros tienen una altura de 10 metros de alto.  El ala derecha está abierta, no hay muro.  Se juega con una raqueta de madera, agujereada para aminorar la resistencia al viento y una pequeña pelota de hule, muy saltarina, como del tamaño de una bola de golf.  La pelota vasca, algo más grande que la del frontón, consta de una pequeña esfera de madera en el centro envuelta en cáñamo y rematada por una capa de cuero. Este juego solo emplea las manos desnudas, es muy rudo porque las manos con el paso de los minutos se van hinchando con la sangre acumulada. Me tocó ver a un pelotari que empleó una navajilla Gillette para sacarse sangre, cortándose el dorso de la mano.

Practiqué bastante el frontón, es muy bonito y hay que correr bastante. Se utilizan los dos muros y las reglas son muy sencillas. Al sacar hay que pegar la bola por encima de una raya pintada a todo lo ancho del muro frontal y hay que evitar que la bola pique dos veces en el piso, como en el tenis. 

En cuanto al juego de pelota vasca, utilicé una bola de tenis porque la pelota original es muy dura y duele mucho al darle con la mano desnuda.  Hay otro deporte vasco llamado jai alai o cesta punta. Emplea una especie de canasta de mimbre alargada, como un bote, y va sujeta al brazo. La bola es de hule forrada con cuero de cabra.  Es un deporte extremo ya que los jugadores literalmente vuelan, porque corren hacia la pared del fondo, saltan contra la pared, dan un par de pasos por el muro, como subiendo, y en el aire se voltean para recibir la bola que viene a gran velocidad y la devuelven con fuerza. Solo con ver a los jugadores aterrizando en la cancha, después de devolver la bola, me dolía la columna. Jamás intenté jugarlo. Mis respetos hacia esos jugadores de acero.  

Bochas

En el Colegio Mayor había una cancha de bochas. Se emplean bolas de madera en el juego, son más grandes y pesadas que las bolas de croquet.  Es un juego entretenido, consta de un rectángulo con piso de arena, de 24 metros de largo y 4 metros de ancho. Se pasa el rato tratando de acercar las bolas propias lo más cercano posible a una pequeña bola, llamada el bochino, al paso que se golpean las bolas rivales para alejarlas del bochino.  Cuando regresé a Costa Rica jugué bochas en las canchas de la Casa Italia y el Colegio de Abogados.  Esta última se transformó en un gimnasio, porque la realidad era que pocos abogados practicaban ese deporte.

Tenis en Roma

Tras estudiar periodismo en Pamplona, viajé a Italia, a Roma, donde viví dos años en el barrio Parioli. Allí estudié filosofía y teología en el Colegio Romano.  Siempre enfocado en el mundo de las bolas, alterné en Italia la práctica del fútbol con el tenis.  El tenis lo había comenzado a aprender mientras estudiaba humanidades en la Universidad de Costa Rica, antes de viajar a España. En la UCR había una cancha de tenis, al lado de la línea del tren, cerca de lo que hoy es el edificio de la rectoría.  

En Roma hay una gran zona, en las riberas del río Tíber, que engloba muchos clubes deportivos. Ese lugar se conoce como Lungo Tevere.  Allí jugué tenis en canchas de arcilla. La pelota viaja más lenta en esas canchas que en el cemento. En Costa Rica casi no hay canchas de arcilla, su mantenimiento es más caro.

Boliche, golf y golfito

En el Colegio de Periodistas organizamos un equipo, años atrás, que jugábamos un día entre semana en el Boliche Dent, situado en la famosa calle de Los Negritos.  Recuerdo a Carlos Mora, q.D.g., Carlos Valverde, Mario Zaragoza, y hasta Gerardo, mi hermano, a quien metimos de forro.   Más adelante, con otros grupos, jugué un tiempo. Recuerdo a Aleyda Solano y Johnny Núñez, en uno de esos equipos.  Tuvimos una buena participación y hasta varios trofeos nos ganamos.  La bola que usaba, que aún guardo en el garaje, acumulando polvo, pesa 16 libras.  La última vez que jugué con ella, hace unos años, la volví a tirar y la encontré muy pesada.  La sustituí por una más liviana.  Llegué a tener un promedio cercano a los 190 puntos en mis buenos tiempos.  Extraño el ruidoso ambiente del boliche, con decenas de pines volando por los aires al ser golpeados por las bolas, en las numerosas pistas del lugar.

En cuanto al golf, el de verdad, que se juega en un enorme campo, de varias hectáreas de extensión, en donde están los 18 hoyos, solo dos veces lo he jugado. Es difícil pegarle duro a la bola para que llegue cerca del banderín, en donde se encuentra el hoyo. Admiro a los jugadores que pueden ver adónde aterriza su bola a más de 100 metros de distancia.  Hay que practicar bastante ese swing necesario para darle un buen impulso a la bola.  

En lo que se refiere al golfito o minigolf ahí sí ese lo he jugado mucho, se utilizan las mismas bolas que en el verdadero. Recuerdo que las primeras veces que jugué minigolf fue en uno que estaba situado a un costado de los tribunales de justicia.  Años después jugamos con la familia en uno que se encuentra en Jacó y más recientemente con los nietos en el hotel de Punta Leona.

Lanzamiento de la bala

Cuando estaba en la universidad y a mi regreso a Costa Rica me interesé en practicar dos disciplinas propias del atletismo: el lanzamiento de la bala y la jabalina.  Esa bala es una bola de hierro que pesa 7 kilos.  Hay que tener una buena estatura, peso, fuerza y flexibilidad.  Yo llegué a lanzarla a 11.5 metros.  Es una marca muy modesta si se compara con los récords mundiales, en donde unos hombres enormes que pesan más de 120 kilos la lanzan a más de 2O metros. El récord lo tiene Ryan Crouser, de Estados Unidos, que impuso la marca de 23.37 metros en las olimpiadas de Tokio, 2020.

En lo que se refiere a la jabalina logré lanzarla a 50 metros. También es una marca que luce muy pequeña frente a las marcas olímpicas que casi llegan a cruzar una cancha de fútbol. El récord lo tiene Jan Zelezny, de República Checa, con 98.48 metros, establecido en 1996.

Ping-pong

 ¡Ah, el ping-pong, cuántos bellos recuerdos me trae esa ligera pelotita de plástico!  En el barrio Escalante, en la juventud, los hermanos Jiménez, Alberto y Antonio, vivían a escasos 100 metros de nuestra casa y tenían una mesa de ping-pong. Ahí disputamos muchas partidas y nació nuestro deseo de contar con una propia.  No recuerdo cómo fue la negociación con papá, pero por fin pudimos tener una mesa.  La colocábamos en el garaje y ahí se realizaron muchos campeonatos con los muchachos del barrio: Chemi Soto, Jorge Castro, Chorchi Salazar, Juanjo Puci y muchos otros jugaron ahí. Nuestro hermano Marco Aurelio era muy bueno jugando.  Solo había que interrumpir las partidas cuando llegaba papá y tenía que meter el carro.  La mesa quedaba plegada y a aguardar impacientes hasta el siguiente día.

Billar

En mis tiempos de adolescente iba con amigos a jugar pool, una variedad del billar, a un salón que se encontraba en el barrio Aranjuez. Desde entonces me ha gustado jugarlo.  Hace unos años hubo una mesa en el Colper y ahí jugué varias veces.  Siempre estaba con la idea de tener una propia.  Tuve que hacer una pausa de cuatro años mientras mis hijos Karina y Esteban estaban estudiando en la universidad. Karina estudió agronomía en la Earth y Esteban derecho en la Universidad Santo Tomás. Ese periodo fue de gran austeridad en cuanto a gastos se refiere. Una vez que se graduó Karina, me quise dar un gusto y fue cuando compré la mesa de billar marca Punis.  Desde entonces está en el segundo piso de la cabaña que tenemos en Dulce Nombre y cada vez que viene algún aficionado a jugar pool le damos varias partidas.

PAPIFUTBOL O FUTBOL CINCO

Esta modalidad de futbol cinco se juega en una pequeña cancha, más pequeña que una de tenis, es otra que practiqué algunas veces en el Colegio de Abogados.  Y de nuevo, ¡se utiliza otro tamaño de bola! Los antecedentes de este papifutbol los viví muchas veces en Jacó, cuando jugábamos mejengas interminables en la playa, cinco contra cinco o siete contra siete.  Se jugaba con los que hubiera en ese momento, nunca once contra once. De portero siempre se alineaba al más chapa.  

Futbolín

Y con este juego, apreciados lectores, llego al final del recorrido del uso de diferentes bolas a lo largo de mi vida. El primer futbolin artesanal nos lo hizo papá a Gerardo y a mí.  Era una tabla con laterales de madera. Adentro estaban colocados dos grupos de tornillos, atornillados a la tabla y alineados como si fueran un equipo de fútbol. Usamos balines de bola y para lanzarlos utilizamos una prensa de ropa.  Muchas horas nos pasamos jugando en ese futbolin. Con el tiempo lo perfeccionamos: colocamos bandas de hule en los costados, para que la bola rebotara como en una mesa de billar.

Con el tiempo, esos futbolines artesanales se fueron perfeccionando: se hicieron más grandes, con patas y varillas de hierro, con maniguetas a ambos lados, en donde están fijados muñecos de plástico que representan a los equipos. Hoy en día es común encontrarlos en pulperías y salones de billar. Se emplea un tipo de bola de plástico. ¡otra esférica!

Epílogo

No dejo de sorprenderme de la cantidad de bolas de todo tipo que he usado en diversos juegos y deportes a lo largo de mi vida.  Cuando regresé de Europa jugué fútbol varios años en el equipo que tenía papá: el Atlántico F.C.  Estaba integrado por gente mayor, varios de ellos antiguas glorias de la Gimnástica Española o la Libertad, y me veían demasiado joven para jugar con ellos.  Sin embargo, terminaron por aceptar al hijo de Gata, así le decían a papá por sus ojos azules. El problema eran las lesiones: jugar solo una vez por semana en La Sabana implicaba una sobrecarga muscular.  Estar una semana sin hacer mucho ejercicio y de pronto ponerse a correr y soportar patadas y empujones el cuerpo lo resentía.  Llegó un momento en que me planteé practicar un deporte diferente, menos rudo y fue cuando, a partir de los 41 años, me dediqué de lleno a jugar tenis en el Colegio de Abogados, varias veces por semana. Este deporte tiene dos grandes ventajas, entre muchas otras: solo hay que buscar a otro jugador para disfrutar de una buena partida y no hay contacto físico. A veces se sufre un desgarro muscular, porque no se calentó bien previamente o se incurrió en un sobreesfuerzo.  Pero, nada que ver con las lesiones que se experimentan en el fútbol.

Así es que seguiré jugando tenis hasta que no pueda poner sostener una raqueta y correr tras una bola, y me acompañarán el croquet y la mesa de billar en esta maravillosa oportunidad que brinda una vida sana.  De vez en cuando, patearé una bola con mi nieto Marcelo, que es super fiebre del fútbol, en la pequeña plaza que tenemos en la finca.

Tengo siempre presente una inspiradora frase de ese formidable ser humano, Clint Eastwood, que a sus 90 años no para de producir o actuar en películas: “no dejes entrar al hombre viejo”.

 

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