Primera Plana
Histórico


Ché Guevara en motocicleta

| Jueves 4 de Marzo, 2010

CHÉ GUEVARA EN MOTOCICLETA

Julio Suñol
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“Diarios de motocicleta” de Ernesto Ché Guevara, es una narración escrita por el joven  médico de apenas 24 años, quien decide ir escribiendo para contar sus aventuras por América Latina en compañía de su amigo Alberto Granados y de la  débil  pero querida motocicleta Norton.

Basados en este libro es que se produjo la película del mismo nombre que, como en todos los casos de adaptaciones fílmicas, nunca recogen la esencia y la finura de la obra literaria original.  Son lenguajes y tiempos diferentes con  técnicas distintas.

El joven médico todavía no era el revolucionario y guerrillero mundial que luego fue, y  nadie se podía imaginar que sería declarado mucho tiempo después -- por la revista “Time”--  uno de los “iconos del siglo”.

El Ché declara que esta jornada le cambió su vida y, digamos que también su manera de verla, de vivirla, de practicarla. Su transformación probablemente fue total. Hasta terminar  siendo asesinado por la CIA y sus cofrades después de su captura en las altas cumbre congeladas de Bolivia.

Ciertamente, todavía parece increíble que el Ché seleccionara a Bolivia como uno de los lugares para montar el escenario que acogiera su rebelde accionar y el mensaje de “uno, dos, tres Vietnam…” En esas cimas sureñas, los indígenas no hablaban español, no tenían formación política  y mucho menos convicciones marxistas. Y allí encontró la animadversión del partido comunista local. Fue Constantino Láscaris quien  escribió en “La Nación” de Costa Rica, diciendo que el Ché se había comportado como un boy scout. Esto causó la inmediata y dura  reacción de algunos sectores de izquierda.

Luego de su accidentada pero disfrutada gira por Latinoamérica, Guevara pasó  de ser el burgués acomodado de buena familia argentina (nació en Rosario el 14 de junio de 1928) al ardiente revolucionario, del cual apenas existen leves indicios en la obra de comentario. Porque la mayor parte de estas páginas sirven  para apuntar las peripecias personales. Solo en algunas pocas líneas se trasunta el luchador antiimperialista que sería y el estratega militar en ciernes.

El muchacho (Ernesto) que apura sus últimos exámenes de la Facultad de Medicina para poder iniciar este periplo, no está pensando entonces más que en conocer el territorio latinoamericano y a su gente, dispuesto a pasar las peores calamidades imaginables.

Inician  el viaje los dos amigos en una motocicleta (La Poderosa II) que les falla a menudo y han de dedicar --en el largo trayecto-- bastante tiempo a repararla, en tanto padecen hambres, fríos y miserias. Por ello asumen una actitud de  humildad y de auténticos aventureros – como pasaporte-- para encontrar la comprensión y solidaridad de colegas médicos, de jefes de guarniciones fronterizas, de campesinos y de ciudadanos, sobre todo en Perú y Chile, que les dan afecto, cobijo, de comer y de beber. Ellos carecen totalmente de recursos materiales, siendo dos profesionales en el campo de la ciencia.

Una de las acciones  humanitarias, de las varias que ejercen en su travesía, se da en un leprosario peruano localizado a orillas del majestuoso e  imponente río Amazonas. Aquí el Ché y  Granados atienden a los pacientes  leprosos, conviven con ellos, se hacen amigos, cantan, bailan, comen, beben y reflexionan.

Cuando se marchan en una balsa construida allí para proseguir la aventura por el caudaloso Amazonas, los enfermos conforman una orquesta para despedirlos. Algunos de los músicos ya no tienen dedos, mas se adaptan palillos con el fin de poder ejecutar piezas musicales con los instrumentos de cuerda. Surgen abrazos, lágrimas y sentimentalismos. Los dos argentinos han servido por algún tiempo en el hospital y trataron a los pacientes sin prejuicios y como los seres humanos que son y estos les demuestran  su reconocimiento.

Este libro tiene también para mí un valor especial de tipo histórico. Porque por primera vez logro confirmar que el Ché estuvo en Costa Rica en 1953 en un segundo viaje por Latinoamérica cuando ya se había graduado de médico. Oficializada así su presencia en nuestro país, tengo base para asegurar que de aquí fue de donde partió a Guatemala, país del que salió huyendo en 1954, a raíz del derrocamiento del presidente  Jacobo Arbenz ejecutado por la CIA y el Gobierno de los Estados Unidos. El mandatario había sido electo democráticamente pero eso no importó  a quienes impusieron al coronel Carlos Castillo Armas y a su ejército invasor.

El Ché llegó a México y contactó a exiliados cubanos que preparaban el desembarco en Cuba para luchar contra la dictadura del sargento Fulgencio Batista. Así conoció a Fidel Castro y desde este lugar partió en el yate Granma, en noviembre de 1956, como médico de la fuerza que comandaba Castro. El resto es otra historia que probablemente ni él mismo imaginó.

** Nota para Bibliófilos: No sé si este libro publicado por Planeta llegó alguna vez a Costa Rica. Lo compré hace 4 años en una calle de Lima, Perú. Fue esa clase de obra que a veces uno adquiere y, por extrañas razones, la deja madurar en el escritorio o en la biblioteca. Hasta que le llega el turno. Me esperó por  un cuatrienio hasta que ahora la devoré por divertida, informativa y agradable de leer.

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